Como la mayoría de las cosas que hacemos en nuestra vida, no todos coincidimos en el motivo que las desencadena.

Unas veces es el propósito de año nuevo, otras el reencuentro tras las vacaciones, puede que nos lo haya prescrito el médico o una amiga nos diga que le va fenomenal.

También es probable que nos sintamos “oxidados” por falta de movimiento o que queramos complementar otra actividad que ya estemos realizando, pero al final todos coincidimos en una cosa: TENGO QUE HACER ALGO.

Y ese algo empieza por decidir la actividad que mejor se adapte a nosotros y, tras darle vueltas a la cabeza, elegimos Pilates, ¡a ver qué pasa!

Una vez que hemos dado el primer paso, nos encontramos en una sala donde el profesor nos dice que vamos a aprender a respirar. ¿A RESPIRAR?, si yo ya sé respirar. Pero le damos una oportunidad y poco a poco nos damos cuenta de que se puede respirar de otra manera, consciente, fluida y controlada, porque sí, podemos controlar nuestra respiración para unirla al movimiento y hacerlo más eficiente.

De repente empezamos a movernos y nos damos cuenta de que esa respiración controlada me ayuda a realizar movimientos que antes me parecían imposibles, que empiezo a controlar mi cuerpo, que yo decido cómo moverme y es entonces cuando conseguimos esa conexión cuerpo mente que nos abre un mundo por delante, el del control del movimiento. EL  MUNDO PILATES.

Sin darnos cuenta han pasado dos meses, hemos ido a todas las clases y han empezado a desaparecer algunas contracturas musculares, nuestra espalda es más flexible y estamos más rectos, somos más conscientes de cómo nos sentamos, de nuestra postura de pie;  el cuello y la cabeza han dejado de dolerme y mis músculos se están fortaleciendo haciéndose a la vez más elásticos.

La coordinación y el equilibrio han empezado a desarrollarse y el conjunto de todos estos beneficios me han aportado vitalidad y agilidad.

ASÍ QUE, ESTA ES LA RESPUESTA, POR ESO HACEMOS PILATES.